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ABRIL-JUNIO 12

BOLETÍN TRIMESTRAL DEL OBSERVATORIO DEL PAISAJE - 33

EL OBSERVADOR

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¿Cumpleaños Feliz?

Mónica Luengo
Presidenta del Comité Científico Internacional de Paisajes Culturales (ICOMOS)

Este año se cumplen 50 años de la Recomendación Relativa a la Protección de la Belleza y del Carácter de los Lugares y Paisajes, publicada por la Unesco en 1962 (¡cuán diferente sería nuestra situación de haber seguido estas recomendaciones!). También es el 40º aniversario de la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural, novedosa al asociar en un solo documento los conceptos de conservación de la naturaleza y de preservación de los sitios culturales. Más aún, en el año 1992 (por lo que también se conmemora el 20 aniversario) veían la luz las Directrices Prácticas para la aplicación de la Convención del Patrimonio Mundial, donde por primera vez en un texto internacional se incluían los paisajes culturales, definidos como las "obras conjuntas del hombre y la naturaleza [… que] ilustran la evolución de la sociedad humana y sus asentamientos a lo largo del tiempo".

Estamos de fiesta (sí, cualquiera lo diría, con esta crisis) y celebramos que, por fin, se reconocía internacionalmente el fin de la tradicional dicotomía entre naturaleza y cultura, el hecho de que ambas se complementan y de que la identidad cultural tiene una estrecha relación con el medio natural en el que se desarrolla. ¿Quién iba a pensar pocos años antes que se inscribirían en la Lista del Patrimonio Mundial, por su valor cultural, las terrazas de arroz de Filipinas, los montes sagrados chinos o los cedros del Líbano junto a monumentos como el Taj Mahal, la Alhambra o los centros históricos de Roma o de México?

Pero ¿qué celebramos en realidad? Porque no celebramos la aparición del paisaje, que siempre estuvo ahí, celebramos el cambio de nuestra mirada sobre los paisajes, nuestra forma de considerarlos. Esa es la gran diferencia. El paisaje no ha emergido como esas islas fantásticas de nuestra literatura infantil; ha emergido nuestra mirada que, desde una ignorancia casi absoluta, considera en la actualidad al paisaje como marco de nuestra vida cotidiana y parte fundamental de nuestro patrimonio cultural y natural. Esta evolución, que se ha convertido en una veloz progresión en los últimos años, no siempre fue así. Creo que desde la aparición de los primeros sistemas agrícolas, allá por el Neolítico, hasta el comienzo de la revolución industrial, poco cambió, a pesar de que en nuestra cultura occidental hemos sacralizado la ya famosa subida de Petrarca al monte Ventoux (sobre la cual tengo mis dudas de si existió en realidad o fue el genio de Petrarca el que la inventó años después). Sin embargo, desde el siglo XIX, debido en gran medida a las enormes presiones y amenazas a que está sometido el paisaje, nos hemos visto obligados a mirarlo de forma distinta, a considerarlo como parte fundamental de nuestra historia, de nuestra identidad, de nuestra alma.

En estas fechas y en estos tiempos de crisis deberíamos aprovechar para reivindicar una nueva mirada sobre el paisaje, que no es solo un patrimonio, sino vivencia de una realidad diaria, y reinventar soluciones para la gestión del paisaje partiendo de los nuevos modos de vida, actuando desde la base de la sociedad. Es una oportunidad que no deberíamos dejar pasar. Los tiempos de crisis, parafraseando a Einstein, son tiempos de desafíos, donde aflora lo mejor de cada uno, y la peor crisis es la tragedia de no querer luchar por superarla. Es el momento de dar un nuevo giro a las políticas de ordenación del territorio, de conseguir la participación de todos los agentes implicados, de estudiar, educar y formar y no perder más tiempo con inútiles discusiones teóricas que amenazan en ocasiones con convertir el paisaje en un cajón desastre que no de sastre.

Celebremos la fiesta y la ocasión y no perdamos de vista este 2012, que a punto ha estado de ver una Convención Mundial del Paisaje. Habría sido un magnífico regalo de cumpleaños. Aprovechemos el año y festejemos el paisaje como se merece, pero, sobre todo, confiemos en que el tiempo no nos haga perder esa nueva mirada que nos introduce en una dimensión mucho más profunda, más humana, que confiere al paisaje un lugar privilegiado donde habita el espíritu del lugar, el antiguo genius loci, del que el hombre, según Lawrence Durrell, no es más que una extensión. Baltasar Gracián, en un bellísimo texto que no me canso de citar, decía en el siglo XVII:

"Porque advertid que va grande diferencia del ver al mirar, que quien no entiende no atiende: poco importa ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto; pieles extendidas, esto es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios a esos cielos, iluminados de luces en vez de rasgos y de estrellas por letras. Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer y entender lo que está de las tejas abajo, porque como todo ande en cifra y los humanos corazones estén tan sellados y inescrutables, os aseguro que el mejor lector se pierde. Y otra cosa, que si no lleváis bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habéis de hallar perdidos, sin acertar a leer palabra ni conocer letra, ni un rasgo ni una tilde."*

Queda poco que añadir a estas sabias palabras sobre la mirada que en un lenguaje más actual explica Massimo Venturi en su Percepire paesaggi-La potenza dello sguardo. A mí me queda la esperanza de que estos difíciles momentos sean los mejores para hacer brotar la chispa del genio humano capaz de reinventar nuevos valores y paisajes.

Mónica Luengo Presidenta del Comité Científico Internacional de Paisajes Culturales (ICOMOS)

*Gracián, Baltasar (1657). El criticon: tercera parte, en el invierno de la vejez. Madrid: Pablo de Val, p. 86-87.

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