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ENERO-MARZO 12

BOLETÍN TRIMESTRAL DEL OBSERVATORIO DEL PAISAJE - 32

EL OBSERVADOR

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Paisajes agrarios sin agricultores

Marco Tamaro
Director de la Fondazione Benetton Studi Ricerche

En la planificación territorial, a menudo se consideran las áreas agrícolas como un espacio en blanco, un ámbito vacío y libre, susceptible de seguir acogiendo nuevas construcciones e infraestructuras. Esta tendencia se enmarca en el proceso de crecimiento continuo de la entropía territorial, que ha sufrido una aceleración exponencial desde el final de la Segunda Guerra Mundial y que parece no tener fin. El fenómeno de urbanización de las zonas rurales se consolidó paralelamente a la migración de trabajadores del sector agrícola hacia el sector industrial; mientras tanto, la explotación agrícola se transformaba cada vez más siguiendo patrones industriales, con el paisaje agrario doblegado a las exigencias de la mecanización y la tierra cada vez más contaminada por el abuso de fitofármacos y más desertizada por el exceso de fertilizantes químicos.

Si todavía es válida la lección de Emilio Sereni formulada en Storia del paesaggio agrario italiano, el carácter permanente del paisaje agrario favorece que las marcas de larga duración, como la centuriación de la Roma imperial, el establecimiento de las villas y la red hidrográfica, nos permitan reconstruir los marcos históricos del pasado, ofreciendo a la vez indicaciones útiles -diferentes en cada ámbito territorial- para recuperar las características de los lugares que han perdido su sentido. Este carácter permanente, de hecho, se alteró con las transformaciones producidas durante el período de desarrollo frenético que tuvo lugar en los países del occidente europeo después de la segunda mitad del siglo xx, y que puso en crisis la capacidad de adaptación del sistema paisajístico. De ahí la pérdida de sentido de los lugares, el desarraigo de los habitantes, que se hace más doloroso por no haberse desplazado mientras se extendía el otro lugar, y la creación de neologismos que antes no se consideraban necesarios -los no lugares de Marc Augé. El proceso que ha llevado a la profunda alteración del territorio agrícola a causa del crecimiento urbano a modo de mancha de aceite ha tenido en ciertas áreas geográficas -el Véneto italiano y Bélgica, por citar dos ejemplos- una intensidad notable, con consecuencias que hacen ahora imposible recuperar la situación precedente. La actual coyuntura económica negativa, con la reducción de puestos de trabajo en los sectores industrial y de servicios, y las emergencias ambientales derivadas del cambio climático están conduciendo a un resurgimiento del interés por el sector agrícola, con una mayor atención a la calidad de los productos, la biodiversidad, los derechos de los pequeños agricultores y sus comunidades. La misma política agrícola comunitaria ha dirigido su atención al mundo agrícola y ha puesto en evidencia el papel importante que éste puede desempeñar en el desarrollo sostenible, más allá de la simple -y a la vez fundamental- producción de alimentos. El problema es que, mientras tanto, el número de agricultores se ha reducido considerablemente y de un modo análogo a la disminución simultánea de la superficie agrícola: el sector agrícola en Europa moviliza a 11 millones de trabajadores, es decir, el 5,1% de la población activa (Eurostat, Agriculture in the EU Statistical and Economic Information Report 2010) y solo conserva unos porcentajes elevados al este de Europa, mientras que, antes de la Segunda Guerra Mundial, superaba ampliamente el 50%. Por lo tanto, se puede afirmar que la pérdida de biodiversidad ha ido acompañada de un fenómeno de tipo social: la reducción del número de agricultores ha comportado una deriva genética de conocimientos y sabiduría tradicionales suplantados por la consolidación de modelos culturales homologados, ampliamente condicionados por las políticas comerciales de las empresas multinacionales que proveen de bienes y servicios a la agricultura. La condición de los paisajes agrarios de la Europa occidental se estrecha ahora entre los que quieren cultivar paneles fotovoltaicos en vez de trigo y los que intentan vender una imagen del mundo agrícola que ya no existe, en la cual la búsqueda obsesiva de la identidad traiciona la incapacidad de comunicar del mundo agrícola. Una relectura crítica de los procesos de desarrollo característicos de la modernidad y la actualización del análisis de Emilio Sereni pueden aportar indicaciones sobre las marcas del paisaje agrario que se deben utilizar como trama para su futuro diseño, posible paradigma para un desarrollo realmente sostenible solo si lo habitan comunidades rurales concienciadas.

Marco Tamaro Director de la Fondazione Benetton Studi Ricerche

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