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ENERO-MARZO 2019

BOLETÍN TRIMESTRAL DEL OBSERVATORIO DEL PAISAJE - 60

EL OBSERVADOR

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La cabaña, un espacio esencial

Gilles Tiberghien
profesor de Filosofia y Estética de la Universidad de París y de la Escuela Nacional de Paisaje de Versalles

Hoy día, el mundo evoluciona a un ritmo cada vez más acelerado y los paisajes que teóricamente caracterizan un país han cambiado de pies a cabeza a raíz de las transformaciones económicas, políticas y climáticas que han sufrido. Nuestros paisajes tradicionales sólo existen en un determinado discurso de tipo esencialista. Efectivamente, los cambios han acompañado la evolución histórica de todas nuestras sociedades, por el simple hecho de que la humanidad cambia y también lo hace su entorno, pero actualmente estos cambios son radicales, igual de radicales que las reacciones que suscitan.

Esto explica la necesidad expresada por algunos de tener puntos de encuentro, tanto para reflexionar sobre su vida a salvo de lo que puede perturbar el curso como para tomar una distancia necesaria para entender mejor la sociedad en la que viven. Refugiarse en una cabaña en la línea de estos dos impulsos: por un lado el reflejo de preservación y, por otro, un movimiento de replanteo vital, de nuestra vida individual y en sociedad.

La construcción de cabañas, la voluntad de construir, conecta muy directamente con nuestra niñez, la época de los sueños aventureros, tan alejados de la prudencia conservadora que marcará más adelante la vida de muchos adultos. Sin embargo, sabemos también que los niños a menudo ven con terror la singularización los ojos de los demás y que la idea de no ser "como los demás" se les puede hacer difícil de tolerar. Esta contradicción latente también está presente en la forma en que más adelante experimentarán las cabañas las personas que deciden vivir un tiempo.

La cabaña se puede entender como refugio en un sentido dinámico, como una fuente de proyectos y un punto para poner en común nuestras ideas. Joan Nogué habla como un lugar de contemplación y de silencio. Hay silencio para pensar y para escribir, y hay que contemplar para poder actuar mejor de manera conjunta. Ni siquiera el ermitaño se cierra del todo el mundo, sino que de alguna manera el interioriza para apreciarlo mejor, para entender mejor la singularidad y ayudar a otros a convivir con sus mutaciones a través de su lógica propia.

La cabaña permite separar el paisaje de las imágenes predefinidas que muy a menudo sustituyen lo que es en realidad, un elemento vivo y en constante evolución. La cabaña permite imaginarlo, simplemente recuperando bajo sus capas sedimentadas los vínculos profundos que la conectan con su historia: nos presenta una visión crítica que, por sí sola, permite vislumbrar el futuro de una comunidad que se expresa a través del paisaje.

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